La Iglesia como Familia

Efesios 2:19 dice: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos. Sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios”. Somos parte de un mismo país y somos conciudadanos de los cristianos de todas partes. La familia es un gobierno o institución que Dios estableció aquí en la tierra pero que nació en el cielo. En Colosenses 1:16-17 dice: “Porque en él fueron creadas todas las cosas. Las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles. Sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades. Todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten”. Esto quiere decir que ya existía una familia en el cielo, entonces Dios establece este modelo en la tierra.

Dios planta al hombre en el huerto y en un momento se da cuenta de que el hombre está solo. El hombre solo no podía cumplir el propósito de Dios aquí en la tierra. Eso significa que nosotros tampoco podemos cumplir el propósito de Dios si estamos solos. Por eso dijo Dios: “No es bueno que el hombre este solo, por lo tanto le hare una ayuda idónea”. Dios le estaba poniendo a Adán una pareja con el propósito de que procrearan, sojuzgaran y llenaran la tierra. Luego la unión de dos personas en matrimonio viene la procreación de hijos y esto se constituye en una familia.

¿Cómo integrar la familia a la Iglesia?

La familia es tan importante no solo para la sociedad sino que también es muy importante para Dios. Por eso Dios constituye la familia. A Dios no solamente le interesa constituir la familia aquí, sino que también esta familia conozca de él. A través del reconocimiento de Jesucristo como nuestro salvador, procedimos al arrepentimiento, luego lo aceptamos. Eso nos constituye miembros de la familia de Dios.

El plan inmutable de Dios, siempre ha sido adoptarnos en su propia familia Trayéndonos a él mediante Cristo Jesús. En Efesios 1:5 dice: “En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos. Por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad”. 1 Pedro 1:4 dice: “Para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros”. Dios tiene reservada una herencia incalculable para sus hijos.

Somos uno en Cristo

Somos integrantes de un cuerpo, cuya cabeza es Jesucristo. Romanos 12:5 dice: “Así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros”. En Cristo Jesús somos un solo cuerpo y estamos unidos, por lo tanto no podemos vivir uno sin el otro. Los recién nacidos en Cristo necesitan alguien ya afirmado en la fe para que lo guie por el camino correcto. En el espíritu estamos enyugados, es decir que no nos podemos separar unos de otros porque nos necesitamos. Tenemos que soportarnos y apoyarnos hasta la eternidad. Estamos pegados y formamos parte de un mismo cuerpo y de la familia de Dios.

Dios nos creó para vivir en comunidad, no para que vivamos solos. Somos llamados a vivir en unidad porque eso es parte del mandato de nuestro Dios. Efesios 4:2 dice, “Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor”. Solamente en la familia de Cristo podremos cumplir el propósito de Dios. Para el Apóstol Pablo ser miembro de la iglesia significaba ser un órgano vital de un cuerpo con vida. Dios nos creó para desarrollar un papel específico pero para eso tenemos que integrarnos o vincularnos a una iglesia local. Más si no buscamos la comunión perdemos el segundo propósito en nuestra vida el cual es la familia. El primer propósito es adorar a Dios. Primero es Dios, después la familia, luego la iglesia y por último el trabajo, según el orden así debe ser.

La Familia es una escuela de aprendizaje

Es mediante la integración de la familia de Dios, que podemos descubrir el papel de nuestra vida. Somos enseñados, somos probados en muchas áreas de nuestra vida que deben de ser afinadas o perfeccionadas. Como, la comunión, el apoyo y amor entre otros, servir a los demás, y solidarizarse con los que sufren.

Para estar en amor es necesario de que los miembros estén comprometidos con un pequeño grupo dentro de la iglesia. Como un área de servicio, ministerio o grupo de crecimiento, para tener koinonía unos con otros. En la iglesia primitiva siempre se sentaban a la mesa en el partimiento del pan unos con otros. También en la oración compartían la palabra en las mesas. El amor no es superficial, este consiste en la expresión genuina en el corazón. Dios ya puso amor en nosotros, dice la palabra de Dios que él nos amó primero. Gálatas 6:2 dice: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo”. Esto significa que tenemos que ayudarnos unos a otros y no ser indiferentes con el problema de otros.

Un compañerismo honesto

Tenemos que ser amigos y compañeros. El verdadero compañerismo es aquel donde las personas son honestas con lo que son y sucede en sus vidas. Como miembros de un cuerpo tenemos que ser personas transparentes para con nosotros mismos y para con los demás. Cuando somos transparentes hay confiabilidad para con aquella persona que es transparente, de otra manera pueden dudar de nosotros. En la vida espiritual esto se traduce a Buen Testimonio.

Solo siendo honestos es que puede haber un verdadero compañerismo. En el compañerismo se comparten las penas, sentimientos, los fracasos, las dudas, los temores y también se admiten sus debilidades. El compañerismo es la construcción de relaciones reciprocas, de compartir responsabilidades y ayudar a otros. Implica comprensión y consideración de los sentimientos del otro, existe una identificación con el dolor de los demás. Además el compañerismo satisface las necesidades humanas esenciales, porque se busca la solución a los problemas de los otros. Salmos 133:1 dice: “¡Mirad cuan bueno y cuan delicioso es Habitar los hermanos juntos en armonía!”. A esto nos exhorta Dios, a convivir en armonía para cumplir su mandato.

¿Cómo restaurar una relación rota?

Muchas relaciones sufren fricción por un mal entendido, peleas o por un falso testimonio. Alguna vez en nuestra vida hemos tenido una ruptura en una relación de amistad, de noviazgo, incluso familiar. Sin embargo somos los llamados a restaurar esa relación porque somos parte del cuerpo de Cristo. 2 Corintios 5:18 dice: “Y todo esto proviene de Dios. Quien nos reconcilio consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación”. Antes de ir donde la persona herida, hay que pedirle a Dios sabiduría y entendimiento para ponerle solución al problema.

En una relación rota donde hay resentimiento y rencores, debemos buscar primeramente la sanidad interior para ambas partes. Hay que ser comprensivos ante la otra persona, y confesar nuestra falla, no justificando nuestros errores o actos. Es decir asumir nuestra responsabilidad sobre el conflicto. Debemos atacar al problema y no a la persona, no juzgando sino entendiendo que todos tenemos fallas. Así mismo, cooperar tanto como se pueda, no siendo cerrados en nuestra manera de pensar. Y finalmente, hacer hincapié en la reconciliación, aunque el problema no se haya solucionado pero se tendrá paz.